miércoles, 25 de julio de 2012

¿De qué color es la piel de Dios?

Jairo Calixto Albarrán

Hasta donde dictan los cánones del proceso enseñanza-aprendizaje, cuando en un salón de clases reprueba 84 por ciento del alumnado la culpa no es atribuible más que al maestro y la institución que lo ampara.

Algo muy podrido tenía que haber ocurrido para que la mayoría respondiera de manera incorrecta las preguntas de un examen. En eso pensé cuando me enteré que, de manera prácticamente masiva, los maestros adscritos a la SEP reprobaron la prueba aplicada por la secretaría en todo el país, a excepción de Michoacán y Oaxaca, que en ese sentido se comportaron como territorios autónomos.

 Por supuesto, los agoreros del desastre y los profesionales de la lógica antimagisterial acusaron a los maestros —uno de los gremios menos apreciados por la sociedad en su conjunto por su demasiada mansedumbre con el SNTE o su alma luchona con la CNTE— de burros. Esto con un dejo revanchista, evocando a los profesores que los traumaron en las aulas. Tristemente todos tenemos en la memoria a un maestro siniestro, además de a la lideresa sindical.

Quizá el sistema educativo sea fundamentalmente un desastre nuclear, Jacobo, pero quizá los encargados de elaborar la evaluación lo hicieron sobre la base de cuestionamientos retóricos y no de conocimiento de causa propiamente dicho. Digo, para que reprueben 84 por ciento, las preguntas tuvieron que haber ido más allá de la clásica y siempre recurrente: “¿De qué color es la piel de Dios?”.

Por eso tengo la teoría de que los cuestionamientos fueron no de opción múltiple sino de naturaleza capciosa. Cosas del tipo: ¿cómo le hizo el sobrino de 5 años de la góber yucateca tricolor para adquirir 156 hectáreas sin haberse sacado el Melate de Pronósticos Deportivos ni un financiamiento de HSBC o una tarjeta Monex? Bueno, a 48 pesos la hectárea no está tan mal el negocio. Si en el PRI hubieran dado metros cuadrados de la tierra del faisán y del venado en vez de tarjetas de Soriana, ahorita no tendrían que estar haciendo tantos panchos.

Como quiera que sea, y por el número de pasados por la cuchilla, tienen que haber preguntado cosas del estilo: ¿Por qué la Sedena querría adquirir un avión de 9 mil millones de pesos para que Peña Nieto no tenga que verse en la muy proletaria necesidad de hacer escalas en sus viajes trasatlánticos, además de mostrarle a Calderón cómo se puede derrochar de a deveras y no con una pobretona Estela de luz?

Y la gran duda, ¿por qué en vez de debatir por sus cuentas dudosas, Coldwell y Zambrano no mejor se avientan un duelo, chic to chic, a chingadazos?

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